¿Existe un mejor engranaje que infancia y baloncesto? Por muchas combinaciones que pienso, no encuentro ninguna mejor. Ser entrenadora es una magnífica forma de disfrutar del baloncesto que se me ha presentado hace relativamente poco en mi vida pero que, ojalá, dure muchos años más.

Pensaba que ser entrenadora en edades tempranas era enseñar a botar, a pasar y a tirar. En definitiva, enseñar gestos técnicos para hacer mejorar a nuestros jugadores y que fueran competentes dentro de la pista. Una vez allí, ante todos ellos, te das cuenta que no importa tanto el qué aprender, sino el cómo. Hay un punto esencial en todo esto: la pasión por el baloncesto. Aquella pasión que los entrenadores tenemos que transmitir a nuestros jugadores, tengan la edad que tengan.

Cuando son pequeños, apenas acaban de empezar a descubrir qué es el baloncesto. Cada día que pasa es una nueva y única experiencia, una nueva oportunidad para hacerles ver la grandeza de este deporte e ir destapando todos los valores que se esconden detrás suyo. Unas temporadas caracterizadas por la ilusión, por los nervios, por las “primeras veces”, por los llantos y por las risas.

Llegan a los entrenamientos con los ojos brillantes, con ganas de comerse el mundo, te preguntan si aprenderemos a hacer mates en esa misma sesión, que qué pueden hacer para jugar a la NBA, y estrenar zapatillas o hacer un nuevo ejercicio es motivo de éxtasis. Las sesiones son impredecibles, por mucha planificación que preparemos, siempre hay imprevistos y oportunidades para improvisar. El entrenador es la máxima figura para ellos, un referente adulto y perfecto del cual hay que aprender. Pero, ¿verdaderamente es así? Está claro que no, ellos son los únicos protagonistas, nosotros, simples aprendices. Sin ellos, no seríamos nada.

No perdamos nunca las ganas de entrenar a los más pequeños, dediquémoles sonrisas, bromas, ejercicios motivadores y seamos un buen ejemplo a seguir. Empecemos a trabajar una base sólida en valores, donde la perseverancia, el esfuerzo, la superación y la satisfacción personal sean los cuatro pilares sólidos, y donde el trabajo en equipo empiece a coger forma de eje vertebrador en nuestra construcción.

Dejémonos hipnotizar por su baloncesto, por sus reacciones, por sus manías y por sus constantes mejoras. Aprovechemos que tenemos al lado pequeñas personitas con el corazón abierto al baloncesto y a todo aquello que los queramos enseñar.

Seamos aquel entrenador que todos recordamos, aquel entrenador que cada entrenamiento y partido convertía el baloncesto en magia.

                                                                                                                                                        Ana Hernández

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